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Friday, October 29, 2010

El día en que nació el Kirchnerismo



Creo que muchos lo notamos casi al mismo tiempo, pero al principio ninguno de nosotros sabía bien qué era lo que estaba pasando. No es casual que el diario La Nación cerrara prontamente el acceso a sus foros de lectores, donde se suelen crear los debates políticos más encendidos de la web argentina. Primero pensé que era un gesto de buen gusto de los directores del diario, que quieren evitar expresiones desubicadas hacia la figura de un ex-presidente por parte de los anti-kirchneristas iracundos felices con la muerte del “dictador”. Pero después me dí cuenta que, aunque hubiera algo de eso, lo que se quería silenciar era sobre todo otra voz: la voz pasional de un pueblo que se acababa de reconocer, sorpresiva y dolorosamente como en un parto súbito y deslumbrante, como kirchnerista.

El kirchnerismo, claro está, ha existido en múltiples expresiones y manifestaciones colectivas e institucionales por varios años. Pero el kirchnerismo que emergió el 27 de octubre parece ser algo nuevo, no sólo más masivo y espontáneo sino además forjado con menos ambigüedades y asumido como parte de un proceso de cambio positivo que existe a pesar de muchos “peros”: a pesar del INDEK, de las viejas mañas peronistas, de los bagajes de los cuales Néstor Kirchner nunca se terminó de despegar, de los lazos con las empresas mineras canadienses, del fomento y tolerancia de la devastación sojera en el NOA... Y a pesar, sobre todo, de lo que los medios machacan sobre nuestras cabezas todos los días, sin respiro, y en coro con los conglomerados de medios privados en toda América Latina: la supuesta amenaza que los gobiernos populares y progresistas de la región representan para “la democracia”. La misma democracia que estos mismos medios fueron los primeros en arrastrar por el barro de dictaduras sangrientas, y de cuya degradación soy hoy partícipes y/o cómplices en Honduras así como lo fueron en los intentos golpistas de Venezuela y Ecuador.

Pero esa voz de la multitud a la que cerraron sus puertas virtuales La Nación y (con la excepción de unas pocas horas) Clarín, era una realidad innegable en las calles, en los mares de cuerpos dolidos invadiendo espacios públicos y también en innumerables sitios a lo largo y ancho de la web, a donde se volcaron rápidamente centenares de miles de ciudadanos desde sus computadoras esparcidas en la Argentina y en el resto del mundo, dándole al teclado para compartir ideas, dolor, confusión y sobre todo para darse un abrazo virtual con esa multitud anónima con la que se comparte el pavor a lo que vendría si el kirchnerismo efectivamente se replegara y si personajes como Macri, Duhalde o Cobos fueran presidentes: el horror a la vuelta al sentido común de una derecha rencorosa y prejuiciosa, afecta a celebrar las jerarquías de clase y la represión y que aún no sabe despegarse (porque sigue siendo su proyecto) de su participación en la devastación social de los 90.

Es por ello que tanto La Nación como Clarín se vieron desbordados, rodeados por todos lados de una marea humana que no podía sino irrumpir en los titulares y notas de sus sitios web y en sus páginas impresas como un torrente que no podían no cubrir sin perder su apariencia de objetividad, porque el que se acababa de morir era después de todo no sólo su enemigo a muerte sino un ex-presidente de la nación. Sitios como Facebook eran un hervidero, y gente de la que yo no sabía mucho de pronto surgía casi de la nada como “kirchnerista”, defensores de un modelo más redistributivo de la riqueza, más igualitario e inclusivo y basado en la defensa de los derechos humanos. Me metí varias veces en el más oficialista y rudimentario sitio del Diario Registrado y los foros también eran un torbellino de comentarios dándole fuerza a Cristina.

Fue significativo que en un momento del jueves 28 Clarín pareció haberse visto obligado a abrir una sección de comentarios para sus lectores. Fue sólo una columna y que estuvo abierta sólo por unas horas, que en poco tiempo se colmó de cientos de mensajes expresando dolor por la muerte de Kirchner y deseándole “fuerza” a Cristina para “defender al pueblo” frente a los poderosos. Me impresionó que siendo el sitio de Clarín hubiera muy pocos comentarios de lectores críticos al gobierno. Pero los lectores contreras estaban allí, leyendo y votando en negativo todo comentario que oliera a “K”, aun aquellos que sólo expresaban un respetuoso pésame. ¿Tal vez era que muchos de ellos no se atrevían a escribir, intimidados por lo delicado del tema y por la catarata de comentarios de aquello que se suponía no podía ser tan masivo? ¿No era que quienes se manifiestan a favor de “los K” son comprados con un choripán y arreados como ovejas, sin entender nada y sin convicción?

Algo muy similar pasó con los festejos del Bicentenario, cuando los medios no pudieron sino reflejar una efervescencia y alegría popular que se suponía no existían en las calles, donde según se nos había informado reinada el malhumor. Dicho malhumor fue sin duda poderoso y se hizo del control de rutas y espacios públicos durante buena parte de 2008 al grito, increíblemente transparente en su ideología de clase, de “todos somos el campo”. Pero luego de cantar victoria anticipadamente en las elecciones de 2009, dicha energía se disipó en el contexto creado por líderes de oposición soberbios y torpes que cometieron el error garrafal de subestimar a un adversario debilitado pero políticamente mucho más astuto. Desde entonces, la calle se ha hecho nuevamente kirchnerista, en un proceso impulsado por los festejos del Bicentenario pero también, entre otros procesos, por actos multitudinarios como los de Ferro, el Luna Park o River y en expresiones más independientes, pero igualmente masivas y progresistas, como la lucha de los estudiantes secundarios porteños.

Pero lo del 27 de octubre de 2010, una fecha que por esas curiosas vueltas de la historia rima además con la fecha fundacional del mayor movimiento de masas de la Argentina del siglo XX, fue cualitativamente distinto a todo lo anterior. No era un festejo popular como en el Bicentenario sino un desgarramiento colectivo que días antes había sido precedido por otra muerte impactante, la de Mariano Ferreyra, que había paralizado el país por su evocación de otras muertes políticas, cercanas y lejanas pero todas ellas ocurridas antes de la asunción de Néstor Kirchner. ¿Quién podía anticipar que otra muerte aún más impactante le seguiría pocos días después? Fue como si el dolor y la consternación por el asesinato de Mariano crearan una energía latente que no pudo más que potenciarse con la muerte del líder más fuerte y polémico de la Argentina, quien fue justamente quien “cambió de paradigma” (al decir de Mario Wainfeld) a múltiples niveles pero sobre todo, de manera muy fundamental, en cuanto a cómo ver a la dictadura y los derechos humanos desde las esferas del estado. Algo impensable antes de 2003, más allá del esfuerzo genuino pero más débil hecho antes y en otro contexto por Raúl Alfonsín (que por ello mismo también se ganó el odio visceral, no lo olvidemos, de la misma derecha que hoy lo celebra y despolitiza).

La muerte de Néstor Kirchner marca su surgimiento como ausencia y como fantasma, circulando ahora como un torbellino por todos los espacios del país y el mundo sin un anclaje corporal. Dicho nacimiento de Néstor Kirchner como fuerza fantasmal en el mismo momento de su fin como cuerpo finito ha creado algo nuevo que implica no sólo la continuidad sino un cambio cualitativo en su proyecto, tal vez con un calado más hondo en los rizomas de la sociedad, antes más dubitativos a asumirse como parte de un proyecto colectivo. Lucas Carrasco en el Diario Registrado escribió al poco tiempo de saberse la noticia que “hay Néstor para rato” y no estaba equivocado. Tampoco se equivocó Carla cuando escribió en el foro de Clarín a las 15.54 del jueves 28, antes que fuera cerrado: “¿Será verdad que murió?” Ambos de distinta forma, al igual que muchos otros, estaban expresando algo que los pueblos latinoamericanos conocen bien: el poder de los muertos, que no es otra cosa que el poder de sus fantasmas. Sandino, Farabundo Martí, Evita, El Che y tantos otros inspiraron desde su presencia ausente efervescencias políticas arrolladoras, que todavía viven con nosotros.

Néstor Kirchner es ciertamente muy distinto a estos otros fantasmas, y no es posible predecir qué rumbo seguirá la evocación política de su ausencia. Pero pareciera que éste es un fantasma creador de subjetividades forjadas en la pasión y en un momento de iluminación marcadas por el desconcierto. En el foro de Clarín que fue prontamente levantado, justamente por la irrupción intolerable de dicha fuerza, Eduardo escribió lo siguiente (al lado del comentario de Carla citado arriba): “Siempre acompañé con el voto a los ‘K’. Según los medios y los tilingos de microcentro (donde trabajo) me imaginaba solo o en una minoría. Ahora veo la mayor movilización popular de los últimos tiempos”. Cientos de miles, tal vez millones sintieron lo mismo: el reconocimiento con pares que uno no sabía que estaban allí. Eduardo Aliberti notó algo parecido en su columna de Página/12 certeramente titulada Los muertos que vos matáis. Él percibió que la enorme cantidad de gente que llamaba a su programa de radio compartía una misma actitud: ellos primero aclaraban que en realidad “no eran kirchneristas”, que tenían muchas críticas al gobierno, “pero…” “pero…”. “Ese pero,” escribió Aliberti. “Ay, ese pero. Cuánto que hay en ese pero de ‘me parece que me dí cuenta ahora, con la muerte, de que no hay nada real mejor que esto, por más que no me guste’”. Es cierto, cuánto hay para analizar en esta última frase: la persona “anti-K” que de pronto se descubre que no lo es tanto, que se detiene a dudar, a repensarse, obligada por ese vacío que crea la muerte del cuerpo antes criticado.

Algo muy similar surgió en la enorme cantidad de gente que afirmaba en internet, frente a las cámaras de TV o en los miles de notas escritas a mano y dejadas junto a la Casa Rosada: “Fue el mejor presidente que hemos tenido”. En la tristeza y solidaridad creada por la muerte de Raúl Alfonsín, muy pocos dijeron algo así sobre su presidencia, mucho más golpeada y más transicional. Que tantos afirmaran algo así abiertamente, oponiéndose al argumento mediático de que el país marcha hacia el abismo, es algo inédito en las últimas décadas, donde un pueblo cínico parecía estar resignado a votar y luego a despreciar en masa a sus presidentes.

Por ende intuyo, por más que sea prematuro aventurar semejante conjetura, que estos días están marcando lo que la historia verá como el origen mítico del kirchnerismo: el momento en éste coaguló en las calles y en las redes virtuales como un colectivo más sólido y firme en sus lealtades, sacudido al descubrir sus simpatías profundas así como el alineamiento de los adversarios a enfrentar. Lo dijo un muchacho entrevistado por La Nación, evocando el fantasma que al despegarse de un cuerpo débil y mortal crea algo colectivamente nuevo: "Ahora soy kirchnerista. Desde la muerte de este tipo, soy kirchnerista".

Los sectores de la derecha están claramente desorientados y expectantes ante esta ebullición popular. Joaquín Morales Solá, el vocero más cerebral del periodismo opositor, acaba de expresar en La Nación el temor de estos sectores a esta multitud que está descubriéndose a sí misma. Es el miedo de que a partir de ahora, Cristina Kirchner quiera hacer no una reforma “sino una revolución”. Una palabra así, lanzada para crear temor en los lectores de clase media y alta y también lanzada como advertencia, nos señala las contradicciones y desafíos por venir. Pero el uso repentino de esta palabra sagrada y maldita también marca las resistencias que genera lo que ha sido hasta ahora, y contra lo que digan los predecibles voceros del estatus quo, un proceso de cambio pacífico, democrático y que se ha propuesto —con muchos errores, de a poco y a los tumbos— reparar viejas injusticias en un proceso de alianzas inéditas con la América Latina profunda y postergada.

El mensaje que en estos días está surgiendo de las calles y de la virtualidad que nos conecta es que, montada en el poder de su nuevo fantasma, esta entidad amorfa y desconcertante que ahora llamamos kirchnerismo recién empieza.

1 comment:

  1. y Honduras....
    muy interesante análisis del uso de los foros por La Nación y Clarín en particular, y de cómo se vivía ese espacio antes de que lo cerraran (censuraran?) porque les desbordaba por completo y creaba un espacio para que la oposición a esos medios creciera. Sutiles formas de manipular y ser autoritarios.
    Sobre el kichnerismo... el tiempo lo dirá. Dirá cuál es la interacción con el peronismo, si es un movimiento sustentable (odio la palabra) o si quedará en él, en la persona de Kichner.
    Lo que sí, movilizó muchas almas, e hizo la doble-Gardel: se fue en el pico de su poder.

    Bueno, bueno.

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