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Friday, June 17, 2011

The Vancouver Riots and the Global Zones of Rage


The Vancouver riots were a moment of rupture of the sanitized image that our local elites cultivate about Vancouver The Beautiful as a global brand. The corporate media lost control of the huge collective energies it contributed to releasing on the streets by glorifying sports as the main source of collective fulfillment. The media and all the decent citizens now blame the riots on “criminals” and “anarchists” and feel good about the “real Vancouver” that allegedly had nothing to do with them. And the usual suspects are now calling for a bigger and more repressive police state, with more cops and more restrictions on the use of public space. The mandate is clear: Vancouver The Beautiful, global jewel of the Pacific Rim, had nothing to do with the riots that violently emerged from within its urban core.


The riots were indeed a social phenomenon of pointless destruction and negativity, with nothing positive to offer. But those who blame the violence on “criminals” who are not part of “real” Vancouver are fooling themselves and do not know the nature of the city they live in, transformed by profound neoliberal reforms. As Jon Beasley-Murray pointed out on his blog, the crowds Wednesday night represented Vancouver’s social, gender, and ethnic diversity very well (I left downtown right before the riots started and got the exact same impression). And the nihilism that fueled the riots is that of a popular culture that places victory in sports above anything else, in an expensive and corporatized city that does not offer its youth other sources of collective passions and identifications.

The riots in Vancouver took place almost simultaneously to huge rallies in Athens that led to clashes with the police over the EU-imposed neoliberal sacking of Greek public assets. The images of people confronting riot police, of clouds of tear gas, and of urban debris in Vancouver and Athens were produced by radically different local conditions: defeat in sports and opposition to austerity measures. And the multitudes in Athens were guided by a positive defense of public interests against corporate encroachment that was indeed missing in the streets of Vancouver.


Yet riots are always social events that express wider affective and political conditions. And the Vancouver riots represent the alienation of large sections of a youth that faces a corporatized, privatized life and believed (and had been led to believe by the media that now demonizes them) that their cherished collective heaven (the Stanley Cup) was, at last, around the corner. The riots were partly produced because the huge, resonant multitude that had taken over downtown Vancouver (and of which I was part during most of the game) was not affectively prepared to face defeat. And many reacted to the abrupt end of their collective dream like a wounded, confused, betrayed creature, which could only vent its frustration through the random destruction of property. And this destruction targeted the material phantasmagoria that Walter Benjamin identified as the petrified life of the bourgeois dream world, solidified in the form of the corporate city. This is why the media now demonizes the same passionate, striving, but politically hollow creature it contributed to creating. Because it points that underneath Vancouver The Beautiful there is an affective current of despair, which the Canucks defeat transformed into collective rage.


While totally different and unrelated to each other, Vancouver and Athens are two sides of the same coin: the uncoded flows of collective affects that make up the neoliberal world in which we live, and the localized ruptures they create. These riots are events that bring to light our collective zones of rage, despair, pain, alienation, and, in Athens, hope.

Saturday, April 9, 2011

El afuera salvaje de la Buenos Aires blanca


Humberto Ruiz se murió el otro día en la Villa 31 porque su cuerpo en convulsiones no pudo salir de allí. O mejor dicho, porque quienes lo podrían haber sacado de allí en una ambulancia se negaron a entrar. Y Humberto que se estaba muriendo no pudo salir, a pesar de los esfuerzos de sus parientes y vecinos para sacar su cuerpo en convulsiones. Y ahí se murió. La Buenos Aires blanca levantó un muro afectivo e hizo de ese lugar salvaje su tumba. Ese espacio opaco, temible. Un vacío afuera del espacio civilizado del resto de la ciudad. Esa ambulancia detuvo su marcha como si estuviera al borde de un agujero negro que surge desde dentro de la Buenos Aires que se imagina blanca.

Esa densidad confusa de construcciones precarias molesta, por de pronto, visualmente, sobre todo para quienes entran al centro de la ciudad viniendo por la Autopista Illia de la zona norte. Es el permanente recordatorio de que antes de entrar al núcleo de la Buenos Aires próspera y europeizada hay un afuera impenetrable de salvajismo. “Habría que tirar una bomba y matar a todos esos negros de mierda”. Las veces que habremos escuchados esa frase. El de una violencia que busca purificar ese espacio y con ello incorporarlo a la civilización. Más de un taxista me hizo el comentario mientras pasábamos por ese afuera de pobreza que abraza a la autopista como una masa informe y siempre amenazante, siempre a punto de desbordarse por sobre la autopista, ese frágil puente de civilización que pasa por arriba del vacío del afuera. Y la purificación se presenta con cantos que llaman a la realización de una violencia exterminadora. Una violencia tan argentina, que querría hacer con los villeros lo mismo que hizo Roca con los indios o lo mismo que hizo Videla con los elementos ajenos al ser nacional. “Matarlos a todos”. Y listo.



Pero no hay caso. Uno los mata y nunca se mueren. “Se multiplican como ratas” (forista de La Nación). Las campañas al desierto devastaron los espacios de salvajismo en la Pampa, la Patagonia y el Chaco pero la barbarie vuelve a surgir. La eterna pesadilla de la Argentina blanca. ¿No era que no hay más indios porque los matamos a todos? ¿No era que somos todos blancos, que todos venimos de los barcos? Pero como un fantasma, los indios que pensamos que habíamos liquidado vuelven, mestizados y mezclados, pero vuelven. Derrida dice que lo que define al fantasma es que siempre vuelve. Parece que no está, pero regresa. La memoria del salvajismo vuelve a perturbar los sueños europeizantes de la Buenos Aires blanca en los cuerpos del enorme pobrerío que dejó la maquinaria económica neoliberal. El sueño europeizante fue inmortalizado en la línea más poética de Borges: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires. La juzgo tan eterna como el agua y como el aire”. Un espacio que en el fondo siempre fue europeo y argentino. Y por ende sin indios. El negro de las villas perturba esta mitología de Buenos Aires y reintroduce la historia de conquista al evocar el fantasma de los indios que fueron masacrados pero vuelven. No por nada, en el vocabulario racista porteño el negros de mierda se transforma en indios de mierda como si nada. Porque en realidad son lo mismo. Negros e indios ocupan el mismo espacio corporal y semántico de alteridad. Que en el caso del negro está espacializado en las villas. La Villa 31. Como si fueran un pliegue, como diría Deleuze, que se torsiona desde el fondo de la historia para reinscribir el salvajismo indígena en el corazón mismo de La Argentina Blanca. Al lado mismo del espacio más blanco de la ciudad blanca: la Recoleta. Pero afuera.



“Ni loco entro ahí”, dijo el conductor de la ambulancia, indignadísimo que le pidieran que entre a esa lugar de salvajes. Como si bandas de ranqueles o tobas con lanzas y a caballo lo esperaran para liquidarlo cual explorador que osa pasar la línea de los fortines. Pero ya estaba lista una custodia policial. “Ni con custodia policial”, enfatizó. A ver si les pasaba la de Custer y el Séptimo de Caballería con los sioux, liquidados (¡a pesar de estar armados hasta los dientes!) por la máquina de guerra nómade de la que hablan Deleuze y Guattari. La máquina de guerra analizada por ambos en Mil mesetas no es otra cosa que el malón, esa formidable formación militar no-estatal que regularmente asolaba los alrededores de Buenos Aires. Hasta ayer, históricamente hablando. Lo que hace de Las Nubes de Juan José Saer una novela extraordinaria es que hace patente que hace sólo dos siglos el salir de Buenos Aires hacia Santa Fe era internarse en un enorme vacío espacial, un afuera del Estado que causaba vértigo. Es el vacío de la barbarie que dos siglos después se ha plegado en La Villa 31, en el corazón mismo de la ciudad antiguamente sitiada por el malón indio. El fantasma del malón encarnado en bandas criminales formadas por hombres y mujeres pobres y de piel y pelo oscuros.

Pero el cuerpo en convulsiones de Humberto Ruiz era el de un ciudadano argentino atrapado en los espacios urbanos de miseria creados por la civilización. Literalmente atrapado. Sin poder salir de ese afuera. Afuera en un sentido espacial y afuera de los derechos de ciudadanía de los que gozan quienes viven del otro lado. Afuera mismo de un espacio argentino que al llegar al borde de la villa (donde paró la ambulancia) se pliega sobre sí mismo y la deja fuera de la nación (ahí son todos bolivianos, paraguayos o jujeños, que es lo mismo).

Acto seguido: ocupación masiva de la Autopista Illia por hombres y mujeres de la Villa cansados que se los trate como salvajes que viven en un afuera viscoso. Ellos saben bien que la interrupción del incesante movimiento de vehículos que pasa sobre la villa todo el tiempo es lo único que hace que su protesta se oiga “afuera”. La Buenos Aires blanca sólo les presta atención cuando molestan, cuando sus cuerpos salen del afuera e invaden la cinta asfáltica de la modernidad-velocidad de las clases medias y altas. Como bien lo señalara Mario Wainfeld, el ser pobre en la Argentina es someterse a una temporalidad de larga duración, donde siempre se les pide esperar horas, días, meses, años para hacer trámites o para recibir cualquier servicio o respuesta del Estado. Ser pobre es aprender a esperar, es ser obligado a esperar y a forjar una paciencia que tiene una especificad de clase. Pero la temporalidad de la clase media es de corta duración. Cuenta cada minuto y exige c-e-r-e-l-i-d-a-d. No hay nada que crispe más a un profesional apurado que le corten la ruta, la autopista o el puente, sobre todo cuando son los negros de la Villa 31 (si el corte es a favor de la Sociedad Rural es otra cosa).



Las usinas mediáticas de resonancia del sentido común conservador porteño empezaron a tronar a todo vapor cuando el flujo de alta velocidad de la autopista se detuvo porque cuerpos salidos de la villa la invadieron. “Caos de tránsito en la autopista Illia”, con tamaño de letra catástrofe ocupando todo lo ancho la página, anunció La Nación en su versión online. Los negros están jodiendo de nuevo. Invaden el espacio de la Argentina seria y que trabaja. Mujer de Olivos en su auto varada en la autopista entrevistada en el video que ofrece La Nación: “Yo estoy yendo a mi trabajo. … La verdad que tengo miedo”. El miedo, siempre el miedo. Es obvio porque no queremos entrar ahí, porque les tenemos miedo. El conductor de la ambulancia y la médica que se negaron a entrar a ese afuera tienen razón. Del otro lado es el vacío. La entrada a la vorágine que puede devorar hasta a los policías de la custodia. ¿Cómo se les pide que salgan del espacio seguro de la civilización para internarse en el desierto?



“¡Hay que matarlos a todos!” Los foros de La Nación hervían. Centenares de mensajes iracundos. La furia de la clase media. Esa furia de una ferocidad verbal implacable, que no conoce la duda. Desde hace años, los mensajes promedios de los foristas de La Nación sobre cualquier noticia que involucre a la Villa 31 siguen su libreto al pie de la letra. Hace un tiempo los leía en más detalle y guardaba a los más memorables. Será que era más masoquista. Ahora me aburren. Siempre lo mismo. Basta leer a un par para confirmar el disco rayado del sentido común medio pelo porteño, caldo de cultivo de los votantes PRO y nostálgicos de Videla. Parecen perros de Pavlov. La Nación les tira el titular, y ellos se lanzan a salivar sus exabruptos casi sin pensar, dándole ferozmente al teclado. Las pasiones tristes, como diría Spinoza. O la mentalidad esclava, agregaría Nietzsche, que no puede sino reaccionar y supeditar esa reacción al objeto odiado. Ponen play al cassette (es un cassette, pues es un discurso viejo). Nuevos llamados a la violencia civilizadora, al exterminio de los negros, a imponerles esterilizaciones masivas, y sobre todo a la destrucción de la Villa 31 con napalm (arma imperial por excelencia), bombas, o ametralladoras. Los más sensibles aclaran que habría que sacar a los niños o a los menores de 14 años (los de 15 ya son bestias) antes de hacer volar por los aires a ese lugar enclavado en el corazón de la Buenos Aires blanca (que sigue deseando ser eterna, y que a su vez niega posicionarse como blanca a pesar de que se define en contra de los negros y sus espacios oscuros, mestizados, indígenas). “Hay que matarlos a todos” “¡Aguante Macri!” La fantasía de la Buenos Aires racista (esa que nos insisten que no existe) es la eliminación de ese espacio de barbarie que la acecha desde un afuera inserto en el espacio más europeizado de la ciudad: Barrio Norte y la Recoleta.





Muy pocos foristas de La Nación estaban indignados por la muerte de Humberto Ruiz. La Nación tampoco mostró ningún intento por simpatizarse con la víctima. A nadie que llamaba a la destrucción de la Villa 31 le interesaba siquiera entender por qué se hizo el corte. Un hombre se había muerto encarcelado por ser pobre y vivir ahí. La fuerza de la negatividad afectiva que para los lectores de La Nación emana del afuera no podría ser más clara. Lo que piensan los que vive ahí adentro-afuera no nos importa. ¿Y además, por qué nos tienen que joder? ¡Yo no tengo nade que ver! Es todo culpa de La Dictadura K. Tienen que seguir ahí adentro, sí, que sigan afuera así no joden. Hasta habría que levantar un muro. Como en Berlín. Como en Israel. Como en la frontera entre Estados Unidos y México. Como quisieron hacer en San Fernando en el Gran Buenos Aires en 2009: un muro que mantenga al pobrerío afuera. Lástima que esos negros tiraron el muro abajo, a martillazos limpios como si fuera el Muro de Berlín. Pero hay que seguir intentando. Sí, un muro para contener ese afuera que da vértigo.

Wednesday, December 15, 2010

Los espacios del fascismo


¿Es posible de hablar de una concepción fascista del espacio? En estas líneas intentaré argumentar no sólo que sí, sino que la territorialidad es fundamental en la derecha autoritaria, aquella que celebra la violencia represiva y la exclusión espacial de cuerpos considerados inferiores. Los episodios de Villa Soldati son iluminadores para analizar cómo la derecha percibe el espacio, y cómo las ansiedades espaciales de lo que suele llamarse el "centro-derecha" pueden llevar rápidamente a posturas de corte fascista, que dejan de lado toda moderación y celebran abiertamente la violencia y la muerte de cuerpos inferiores-temidos como una fuerza purificadora y ordenadora del espacio.

El viejo dicho de que un fascista es un pequeño burgués asustado es un buen punto de partida, porque enfatiza que lo que llamamos fascismo en el sentido coloquial, como una postura subjetiva-política antes que un aparato estatal-institucional, es un posicionamiento inestable que se solidifica con el miedo (en otras palabras, el "enano fascista" que de repente le sale de adentro a un ciudadano "común y corriente"). Esta expresión suele hacer referencia al temor pequeño burgués a la radicalización de la multitud y a la pérdida de su pequeña parcela de propiedad privada. Pero lo que quiero enfatizar aquí es que éste es además un temor con un claro contenido espacial-territorial: el miedo a una multitud que invade espacios antes considerados seguros, el miedo a que la separación espacial con cuerpos diferentes se disuelva, y que por ende esos cuerpos invadan el espacio propio.

En mi post anterior, analicé cómo el fascismo hecho poder de Estado siempre ha buscado purificar el espacio nacional de cuerpos considerados extranjeros y amenazantes. Por ello, la segregación territorial ha sido el pilar de regímenes de extrema derecha o conservadores: los ghettos judíos creados por los nazis; la reclusión de personas negras dentro de republiquetas títeres en Sudáfrica durante el Apartheid o en ghettos urbanos en Estados Unidos; el hecho de que cuerpos indígenas tenían prohibido acceder al centro de La Paz en Bolivia hasta la década de 1950, entre otros ejemplos. Lo fundamental era mantener una separación espacial entre los cuerpos propios y los cuerpos indeseables y temidos (judíos, negros, indios).



En el pensamiento de corte fascista-autoritario, por ende, el espacio ideal es un todo ordenado y corporalmente homogéneo, con jerarquías espaciales claras (ejemplificadas en una arquitectura de corte monumental) y con límites bien definidos, con un adentro y un afuera, donde lo externo es fuente de temor y amenaza. Pero este espacio idealizado, claro está, es pura fantasía. Todo espacio es poroso y está marcado por múltiples formas de movimiento, ruptura y fluidez, con vectores de movilidad que todo el tiempo socavan distinciones entre un adentro y un afuera. Y por ser una fantasía permanentemente negada por la realidad, esta concepción no puede más que llevar a la paranoia, que como lo analizaran Giles Deleuze y Félix Guattari en Anti-Edipo es un rasgo propio de una subjetividad de corte fascista. En este caso, la paranoia de que cuerpos temidos están siempre al acecho, amenazando el pequeño y frágil espacio de pequeño burgués (que se transforma en un espacio "pequeño pequeño", para parafrasear la película de Monicelli).

Durante los saqueos de 1989, en los momentos finales del gobierno de Alfonsín, en zonas prósperas de San Isidro como la Horqueta, separada del pobrerío de monoblocs sólo por la autopista panamericana, reinaba el terror. Muchos vecinos bloquearon calles con neumáticos y prepararon sus armas listos para repeler la invasión que se venía, pues muchos aceptaban como una realidad los rumores paranoicos de que "se vienen los villeros", como si lo que se venía del otro lado fuera un malón de indios salvajes. Fue en esos mismos días que Mariano Grondona hizo su célebre y desesperado llamado: "hay que sacar los tanques a la calle" (para aniquilar el malón).



Con la ocupación de tierras en el Parque Indoamericano se recrearon similares terrores de corte paranoide sobre la presencia amenazante de un multitud salvaje que de pronto, y sin previo aviso, había quebrado límites espaciales que parecían ser estables. Al igual que en 1989, si uno leía las páginas de La Nación o Clarín o si miraba TN, la sensación era que el sur de la ciudad de Buenos Aires había sido tomado por un malón de extranjeros-indios que había expulsado al Estado de dicho espacio. Por eso, cuando Maurizio Macri declaró que la violencia era producto de una "immigración descontrolada" el mensaje era el de un burgués asustado por lo "descontrolado" del movimiento de cuerpos extranjeros en el espacio argentino. Lo que se había "descontrolado" era una estricta separación entre cuerpos propios y ajenos en espacios con límites bien definidos.



Y esta invasión de tierras y lotes aledaños en los días siguientes, que Clarín, TN y La Nación dramatizaron con titulares totalmente alarmistas (al estilo "¡se viene el malón!"), despertó entre varios sectores terrores paranoicos de que con ello se resquebrajaban los límites espaciales de toda la sociedad. Esta invasión boliviana-paraguaya-negra significaba, por ende, también la ruptura de los límites espaciales que protegen los espacios privados de los hogares burgueses y pequeño burgueses.

Quien tal vez expresó con mayor claridad este temor, y el consiguiente llamado a una violencia civilizadora, fue un tal Javier Miglino, titular de la "Organización Vecinal Defendamos Buenos Aires" al que La Nación le publicó un burdo panfleto titulado "Mañana puede ser nuestra casa". Además de ser un llamado a la violencia contra esos cuerpos intrusos que este hombre presentó como "forajidos" (violencia que, como sabemos, implementaron las patotas asesinas ligadas al macrismo), esta nota es ejemplar de la visión paranoica del espacio. Es claro que para este personaje "defender" a Buenos Aires es una defensa de tipo territorial y horizontal, que debe crear un cerco defensivo y militarizado que impida que los malones de indeseables invadan los espacios de la gente como uno, lectores de La Nación. Y es claro también que su diatriba es un intento de sembrar terror en el alma del pequeño burgués porteño, al concluir: "Hoy es Villa Soldati, mañana puede ser nuestra propia casa".



Sin duda, muchos de los que participan de este miedo discriminador no son pequeño burgueses sino trabajadores empobrecidos, como "los vecinos" de Villa Soldati que llamaban al exterminio de bolivianos y ocupas. Pero esa actitud es inseparable de la usina propagandística de las grandes corporaciones mediáticas y del gobierno eminentemente burgués de Maurizio Macri que desde hace años vienen demonizando la inmigración de países vecinos, que una movilera de Radio Mitre recientemente presentó como "de baja calidad" y que siempre es contrastada negativamente con la inmigración de "mejor calidad" que vino de Europa hace un siglo (ver la excelente nota de Mariana Moyano en Página12).



Pero claro, esa misma gente que idealiza a los inmigrantes tanos y judíos de hace un siglo "se olvida" de mencionar que hace un siglo, esos mismos inmigrantes eran demonizados y asesinados con argumentos idénticos a los utilizados hoy en día para asesinar a ocupas bolivianos en Villa Soldati. Durante la semana trágica de enero de 1919, milicias de jóvenes aristocráticos y fuerzas policiales y del ejército masacraron cerca de mil inmigrantes europeos en las calles de Buenos Aires, muchos de los cuales fueron cazados y ejecutados como animales salvajes. Desde el Estado y los medios dominantes de la época se justificó la masacre como una violencia purificadora y ordenadora del espacio, que buscaba limpiar el espacio de Buenos Aires de cuerpos indeseables, temidos y descontrolados, marcados como judíos-anarquistas-socialistas y sobre todo como "extranjeros".

En Anti-Edipo, Deleuze y Guattari sostienen que el fascista no es simplemente alguien que actúa por haber sido engañado o manipulado sino que es un sujeto que desea ardientemente, y con pasión, estar supeditado al poder protector y violento del Estado. En la Argentina de fines de 2010, se está generando una creciente polarización política en la que el anti-kirchnerismo se está consolidando sobre todo en Buenos Aires como un polo de extrema derecha que clama con pasión por la violencia civilizadora. Es una pasión triste, como diría Spinoza, motivada por su creciente temor al poder de la multitud de controlar el espacio y desdibujar viejas fronteras territoriales.

Saturday, December 11, 2010

La violencia xenófaba en espacios contaminados de extranjeros



La violencia suele ser un acto de disputa territorial, que busca sacar a ciertos cuerpos de determinados espacios. La violencia en Villa Soldati es un claro ejemplo de esta dinámica corporal y espacial, así como lo han sido los recientes asesinatos políticos en la Argentina: Mariano Ferreyra fue asesinado por tratar de cortar vías del ferrocarril marcadas como espacio propio por la patota que lo atacó; y en Formosa, la policía mató a Roberto López con el fin de sacar los cuerpos de indios molestos de un ruta bloqueada.

Pero cuando se trata de una violencia xenófoba-nacionalista, esta dimensión territorial suele agudizarse y adquirir una mística purificadora, pues lo que se busca extirpar violentamente son cuerpos extranjeros percibidos como contaminantes del territorio nacional. No es casual que el fascismo sea afecto a metáforas que enfatizan la limpieza étnica-racial del espacio nacional en sus diatribas paranoicas contra el desorden, suciedad y contaminación traídos por los extranjeros desde lugares temidos.

Todos estos elementos han convergido sobre Villa Soldati como un torbellino de pesadilla: policías y matones armados atacando y matando a ocupantes del descampado del Parque Indoamericano al grito de “¡bolivianos de mierda!” y “¡viva Macri!”. Y desaforados vecinos de la zona agitando banderas argentinas y gritando “¡hay que matarlos a todos!” y “¡vamos Argentina!”



Con un resultado de cuatro personas asesinadas y una enorme cantidad de heridos, esta violencia ha sacado a la luz lo peor de la derecha argentina, que en su expresión mediática e institucional no ha hecho más que incrementar el odio xenofóbico y el espiral de destrucción. La historia del fascismo nos enseña que gente común y corriente no sale simplemente a celebrar al exterminio porque sí o gratuitamente. Lo hace luego de una largo trabajo de bajada de línea mediático-institucional que los predispone a ver al extranjero como un enemigo amenazante. Genocidios como los creados por los nazis en Europa o los extremistas hutu en Rwanda no tuvieron nada de espontáneo, sino que requirieron de años de adoctrinamiento.

Es por ello que las declaraciones xenófobas de Maurizio Macri son particularmente graves, porque antes que condenar el asesinato de personas desarmadas por parte de la policía arremetió contra “los inmigrantes” que se habrían apropiado de un pequeño espacio de la ciudad de Buenos Aires. “Un campamento donde el precio de la tierra se discute en guaraní”, tituló el diario La Nación uno de sus artículos, aportando lo suyo a esta demonización espacial-corporal, que marca a ese lugar como invadido y controlado por una masa informe de cuerpos extraños. Y es indudable que ello contribuyó al incremento de la violencia y a la formación de bandas de forajidos armados que salieron a cazar “bolivianos”, y que ejecutaron a un joven de un tiro en la cabeza tras bajarlo de una ambulancia.

Esta violencia ha sido tan brutal porque además este espacio estigmatizado como boliviano-paraguayo está dentro de un espacio más amplio y muy particular: la ciudad de Buenos Aires. Villa Soldati se transformó en una especie de tumor cancerígeno que amenaza el espacio más blanco de la Argentina blanca y gobernado además por la gran esperanza blanca, Maurizio Macri. El que el espacio en disputa se llame además Parque Indoamericano agrega una dimensión surrealista que pareciera acentuarlo como objeto de violencia xenófoba, como espacio salvaje dominado por esa indianidad que acosa a la Argentina desde fuera de sus fronteras.



Los voceros de la derecha (ver las columnas en tono histérico de Joaquín Morales Solá en La Nación) han acentuado esta imagen de que de repente se formó un espacio de barbarie dentro del territorio nacional y que el Estado no controlaba. Como si lo desolado de dicho lugar no fuera producto de la política neoliberal macrista y como si las policías federal y metropolitana no hubieran descargado un abrumador poder de fuego sobre dicho espacio supuestamente fuera de su alcance.

El intento de purificar el espacio nacional por medio de la violencia sobre cuerpos vistos como extranjeros y contaminantes ha definido buena parte de la historia del fascismo. El Estado nazi buscó hacer de Europa un espacio liberado de cuerpos judíos y gitanos. La extrema derecha hinduista llevó a cabo numerosas masacres de musulmanes en su afán de convertir a la India en un territorio homogeneizado por una sola religión. El Partido Poder Hutu en Rwanda buscó eliminar a los tutsis, vistos como extranjeros venidos de Etiopía, del tejido espacial de la nación. Y recientemente Sarkozy ha sacado por la fuerza, con mejores modales que los nazis pero siguiendo su ejemplo, a cuerpos gitanos del territorio francés.



La Argentina tiene su propia genealogía de violencias presentadas como civilizadoras y purificadoras del espacio nacional, desde las masacres de indígenas, gauchos e inmigrantes alzados hasta el exterminio de “subversivos” y “elementos ajenos al ser nacional” que había que eliminar para hacer florecer a la nación. La derecha que representa Mauricio Macri es la heredera natural de dicha genealogía, como él mismo se ha encargado de hacernos recordar en estos días de violencias civilizadoras sobre cientos de familias que osaron ocupar un terreno abandonado en las márgenes empobrecidas de la ciudad de Buenos Aires.

Sunday, November 21, 2010

Una historia espacial del Kirchnerismo, 2001-2010



Un tema central de este blog es que la política se hace fundamentalmente en las calles, en la lucha por el control del espacio público. Y acá propongo una breve reseña de los últimos 10 años de la historia argentina en base a este principio de la política como proceso de confrontación definido por la multitud en el espacio.

El gobierno de Fernando de La Rúa nació y murió matando gente en las calles: en el puente Corrientes-Resistencia a poco de asumir en 1999 (donde la gendarmería mató a dos jóvenes) y en las calles de Buenos Aires del 19 y 20 de diciembre de 2001, donde la policía mató a 34 personas pero a pesar de ello no logró contener la presencia arrolladora de la multitud en el centro de la ciudad. Y fue esta presencia callejera, como sabemos, la que terminó con el gobierno de de la Rúa. Y esta era una presencia de cuerpos en las calles que venía ganando fuerza desde los alzamientos populares de Cutral Có y Tartagal en 1997 y el surgimiento del movimiento piquetero, que en su control de rutas y calles marcaron el mayor desafío político enfrentado hasta ese momento por el gobierno de Menem.




El auge actual del kirchnerismo puede sin duda retrotraerse al alzamiento de la multitud en aquel diciembre de 2001, que marcó la mayor insurrección popular contra el neoliberalismo en América Latina desde el Caracazo de 1989 en Venezuela (la importancia de dicha masacre en Caracas en la historia de la multitud latinoamericana será el objeto de una próxima entrada). El quiebre que diciembre de 2001 marcó en la historia argentina sólo se está apreciando en su verdadera dimensión casi 10 años después.



Y así como el breve gobierno de Rodríguez Saa en diciembre de 2001 fue derrumbado por la nueva presencia de la multitud en la calle, el interregno de Duhalde también llegó a su fin con la masacre de puente Avellaneda en junio de 2002, cuando la violencia desplegada contra la multitud en el espacio público (hecha carne en el asesinato de Santillán y Kosteki) lo obligó a llamar a las elecciones que llevaron a Néstor Kirchner a la presidencia. A diferencia de sus predecesores, Kirchner supo leer el mensaje que venía de las calles.

Pero una vez en el gobierno, el kirchnerimo empezó a enfrentar movilizaciones callejeras por parte de la derecha, que a esta altura también intuía que la calle es la fuente de todo poder. Las primeras y muy masivas manifestaciones lideradas por el "ingenieri" Blumberg en 2004 por el tema de "la inseguridad" fueron la primera expresión de esta reacción, que no obstante no logró generar mayor ímpetu hasta la asunción de Cristina Kirchner.



El momento de mayor auge de la reacción conservadora contra la distribución de la riqueza intentada por Cristina fue sin duda la ocupación de los espacios públicos y rutas del país por los empresarios agrogarcas y sus aliados urbanos en 2008. No es casualidad que el momento de mayor debilidad del kirchnerismo en su breve historia fue el momento en que la derecha ganó el control de los espacios públicos. Se me dirá que en dicho proceso los medios privados de comunicación jugaron un rol central. Sin duda, pero el poder mediático sólo se hizo una efectiva fuerza política cuando pudo movilizar a decenas de miles de cuerpos en calles y rutas.

Desde aquel momento, y en parte por su propia soberbia y miopía, la derecha ha perdido su capacidad de movilizar cuerpos en el espacio. Los llamados a hacer manifestaciones en defensa de las AFJP a punto de ser nacionalizadas y en defensa del grupo Clarín por el tema Fibertel sólo condujeron a manifestaciones raquíticas, de unos pocos cientos de personas. Sólo con la marcha organizada por la Iglesia en contra de la ley de matrimonio igualitario se juntó más gente, pero sólo porque la Iglesia puso todo su aparato institucional y su red de escuelas privadas a tal efecto. Pero ello fue más bien la excepción dentro de un gradual repliegue de la derecha de las calles. Y este repliegue fue también el producto de una contra-ofensiva por parte de quienes apoyan al gobierno en su presencia en el espacio público.



Si bien hubo expresiones callejeras que lo precedieron, la recuperación del kirchnerismo tras la derrota en las elecciones parlamentarias de 2009 tuvo un punto de inflexión con los festejos del bicentenario de mayo de 2010, cuando una multitud sin precedentes en la historia argentina, de varios millones de personas, coparon las calles de Buenos Aires y muchos otros lugares del país para ser parte de una visión de la historia argentina que celebraba a los indígenas, a los desposeídos, al Che y a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, algo inédito para una conmemoración estatal en el país. Todos los analistas fueron sorprendidos por dicha multitud festiva, en parte porque asumían que la política sólo se teje en negociados super-estructurales antes que en las calles.





Y como escribí en las primeras entradas de este blog, el verdadero nacimiento del kirchnerismo como movimiento de masas tuvo lugar cuando una multitud copó las calles para expresar su dolor por la muerte de Néstor Kirchner y para salir en defensa del gobierno de Cristina el 17 y 18 de octubre pasados.

El futuro del kirchnerismo por ende seguirá dependiendo de las formas de poder que se generan en el espacio público por multitudes de cuerpos movilizados. Porque así como la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, la historia de la lucha de clases es la historia de la lucha por el control del espacio.

Sunday, October 31, 2010

El 27(17) de Octubre del Kirchnerismo



Así como el 17 de octubre de 1945 fue el día en que el peronismo se materializó como multitud, el 27 de octubre de 2010 fue el día en que el kirchnerismo se reconoció y se parió a sí mismo como movimiento de masas. Los dos momentos se hicieron política en el sentido más corporal del término en la Plaza de Mayo, ese lugar mítico donde ha coagulado la mayor parte de la historia política argentina. Y además de la (extraordinaria) coincidencia de la cercanía calendaria entre las dos fechas, que hace que por momentos ambas parecieran confundirse en un 27(17) de octubre, lo que define a ambos momentos es una dinámica política y espacial muy similar: la multitud que se lanza a ocupar el espacio público en defensa de un proyecto de gobierno al que ve amenazado: a rescatarlo de los enemigos que lo acechan y atacan desde múltiples frentes.

Desde ya que las diferencias entre ambos días de octubre son muchas, empezando por las tremendas diferencias de épocas históricas, y no es el momento de repasarlas en detalle acá (una clara diferencia, por mencionar una, es que mientras que ese día el Coronel Perón estaba preso Cristina Kirchner es la presidente en ejercicio desde hace tres años). Y desde ya que es muy temprano para realmente "predecir" a dónde llevará todo esto (nada es predecible en política).

Pero lo que me interesa resaltar son las similitudes, para después comentar algunas cosas muy específicas de estos días. Al igual que el 17 de octubre, lo que motivó la irrupción de la multitud en las calles el miércoles 27 de octubre fue el temor colectivo de que un proyecto de gobierno imperfecto pero más sensible a los intereses de los postergados y a la expansión de derechos políticos pudiera colapsar. Era el temor de que la desaparición física de Néstor Kirchner pudiera significar también el fin del proyecto que él inició y encabezó, y el regreso de una restauración conservadora.

Lo han notado ya muchos: la gente en la calle no sólo lloraba la muerte de Kirchner y celebraba su figura sino que con la misma efervescencia apoyaba al gobierno de Cristina y criticaba a la oposición. El "fuerza Cristina" fue el clamor más generalizado. Como lo señala ayer Mario Wainfeld en Página/12, “Fuerza Cristina” no es un pésame. "Es un reclamo y una promesa: hay que seguir y acá estamos".

El "acá estamos" en plazas y calles fue un mensaje dirigido tanto al gobierno y a Cristina como a todas las pantallas de TV, a las radios, y a los diarios. El mensaje hacia los medios y hacia el resto del país era claro, y guiaba muchos de los cánticos: "Cuidado gorilas, si la tocan a Cristina que quilombo se va armar". Otro cántico, que mi amigo y colega Axel Lazzari notó mucho en la plaza, era: "No venimos por el chori, no venimos por el plan, estamos con el proyecto nacional y popular".

Por ello, la multitud tomó las calles como un acto de auto-defensa. Igual que en 1945. Fue un impulso reflejo que desbordó cualquier aparato o red clientelar y que por eso también irrumpió como una fuerza imparable en la mirada de los medios, que no sabían muy bien qué hacer con ella y no sabían muy bien cómo explicarla.

Y esto me lleva a una diferencia importante con el 17 de octubre, producto de que vivimos en un mundo muy distinto y en otro siglo: la multitud de los días pasados fue una rebelión popular contra la hegemonía de los medios privados. La gran paradoja fue que el poder de esta multitud fue potenciado por la cobertura de los medios como La Nación, Clarín o TN, que esta vez no tenían otra opción que cubrir lo que estaba pasando, a riesgo de hacer terriblemente transparente su odio al gobierno (como sí lo hicieron transparente los medios privados venezolanos durante el golpe contra Chávez en 2002, cuando ningún canal privado de TV mostraba en sus pantallas que había millones de personas en las calles de toda Venezuela marchando contra el golpe y reclamando la liberación de Chávez).

Esta fue una rebelión contra los medios y contra el hecho de que, sobre todo desde el conflicto con "el campo" en 2008, los medios y aquellos que repetían su bajada de línea nos habían obligado a muchos de nosotros a mantener la cabeza gacha, a hablar en voz baja sobre el hecho de que, por ejemplo, alguna que otra medida del gobierno nos gustaba, a lo que había que agregar que uno decía eso "sin ser kirchnerista". No fuera que alguien nos fuera a acusar del peor de los pecados: el ser "kirchnerista". Y todo este clima hegemónico era creado por una verdadera aplanadora mediática que dominaba la narrativa y que, a pesar de ello, no dejaba de victimizarse todo el tiempo a sí misma como "atacada" por un gobierno "dictatorial". Y esa era la misma aplanadora que distinguía entre "la gente" y la chusma K esclavizada por "planes", "choripanes" o "un par de zapatillas".

En su columna del sábado en Página12 Luis Bruschtein capturó cómo esta aplanadora mediática invisibilizó, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires, cualquier expresión de tibio apoyo a algunas medidas del gobierno. En sus palabras:

En la Capital nadie podía decir que era kirchnerista o que este Gobierno no era tan nefasto. Hasta el encargado del garaje se mimetizaba con los patrones y discutía como si fuera dueño de varias hectáreas en la Pampa Húmeda. Parecía que el que no odiaba o no despreciaba al Gobierno y a sus seguidores y simpatizantes también se merecía la misma miradita despectiva. “Son peores que la dictadura”, decían algunos y parecía lo más normal del mundo. En el gimnasio, kirchnerismo era mala palabra; en el country, pecado mortal, y en la reunión de consorcio mejor ni hablar.

Y como lo dijo Luis: "Esas personas salieron de las baldosas, cambiaron el escenario". Y cambiaron el escenario porque esas personas dispersas y atomizadas (que estaban abajo de las baldosas, invisibles) se fusionaron en la calle para formar una multitud absolutamente visible y que, al igual que en el 17 de octubre de 1945, los proyectó como actor político. Este rechazo hacia los medios, personificados en Clarín, hizo que la bronca fuera palpable. No era para menos. Millones de personas en todo el país que en los últimos años habían abrazado cambios como el fin de las AFJP, la posibilidad de una acceso más amplio y democrático a medios audio visuales, o el matrimonio igualitario eran regularmente denigradas o estereotipadas como "chavistas", "zurdos", "dictatoriales", "autoritarios". Por eso el dolor por la muerte de Kirchner hizo potenciar el rechazo colectivo a esa bajada de línea que surge como un chorro sin fin por el aparato mediático.

Los medios han tomado nota, indignados, de esa bronca hacia ellos. Joaquín Morales Solá, en su columna del domingo en La Nación se queja del nivel de "intolerancia verbal" con que la gente en la calle insultó a los medios y a políticos de la oposición en sus cánticos. E indignado, se queja una vez más de la barbarie y la "violencia" (??) que alimenta el kirchnerismo ("violencia" o "intolerancia verbal" que Morales Solá nunca pareció notar en el odio clasista-racista que destilaban las manifestaciones y cortes por a favor de los "campesinos", cómo él denomina a los empresarios agropecuarios). O sea, la barbarie (zoológica) asociada a la multitud que rescató a Perón resurge una vez más, y reciclada para presentar a esta nueva multitud como agresiva, peligrosa. Parte de la lucha política por venir incluirá una lucha discursiva por interpretar y dar sentido a la presencia de la multitud de los últimos días.

Pero más allá de cómo siga esto, la multitud del 27 de octubre le propinó una derrota de los medios. Temporaria y parcial, sin duda, pero derrota al fin. Fue un momento en el que su mensaje monocromático se resquebrajó, desbordado, y en el que las corporaciones mediáticas perdieron el control de la narrativa. La confusión que se ve hoy en las páginas de La Nación o Clarín es palpable, y producto del sacudón que les dio la multitud en la calle llorando Kirchner y apoyando a Cristina. Los medios ya están lanzando su contraofensiva, pero desde un lugar de menor control sobre la producción del mensaje.

Para cerrar. Así como a partir de 1945 fue claro que Perón no estaba solo, el principal mensaje del 27 de octubre de 2010 es que a partir de ahora Cristina Kirchner no está sola. Hay una multitud movilizada detrás, que en cuestión de horas demostró la capacidad de tomar los principales lugares públicos del país cuando sintió que el gobierno corría peligro en un momento de posible debilidad. Esa energía obviamente no surgió de la nada, pero fue sólo con la formación de una multitud que ocupó el espacio público que ese apoyo popular se transformó en un vector político a respetar.

En la historia reciente argentina, hubo sólo un momento comparable de irrupción de la multitud en el espacio público para defender un gobierno democrático: durante el alzamiento carapintada de Semana Santa de 1987, cuando la movilización de masas en las calles fue notable. Pero mientras que a partir de allí Alfonsín prefirió ceder espacios ("felices pascuas", "héroes de Malvinas", "economía de guerra") antes que canalizar la energía de aquella multitud, todo parece indicar que el actual gobierno "profundizará el modelo" apoyado además en buena medida en las nuevas formas de militancia que se están generando. Pues como dijera en mi primera nota en el blog, además ahora el kirchnerismo tiene un mártir y el poder convocante de un fantasma. No es poca cosa, en un país y en un continente donde la invocación política de mártires-fantasmas puede crear torbellinos.

El 28 de octubre escribí que el día anterior marcó el nacimiento del kirchnerismo, y cuanto más pasan los días veo que más y más gente comparte la apreciación. Y esto saca a la luz lo que es el principal paralelo con el 17 de octubre de 1945 como día de nacimiento del peronismo. Ambos son días en que nació algo colectivo, parido en las calles.

Veremos cómo sigue todo, y esto recién empieza. Pero creo que más allá de que el 27 recoge mucho de la genealogía y del folklore del peronismo en la calle, algo nuevo se está moviendo en el subsuelo argentino. En estos últimos días estuvo circulando bastante por internet una nota de Pablo Marchetti llamada "Nosotros", y que zambulle al lector en la efervescencia que se vivió en las calles de Buenos Aires en estos últimos días, donde miles y miles de cuerpos se encontraron y crearon un nuevo "nosotros". Es el "nosotros" al que no interpelan Clarín, La Nación o Lilita Carrió. Es un nosotros que los medios no reconocen como "la gente".

Para este nuevo nosotros que se está gestando, tal vez no sea muy descabellado por ende ver el 27 de octubre como nuestro 17 de octubre. Sé que muchos verán a esta comparación como una exageración producto de la calentura del momento, sobre todo debido al aura mítica del "día de la lealtad" en la memoria política argentina. Pero creo que la comparación incomoda porque, si llegara a ser verdad, podría anticipar días turbulentos.

Saturday, October 30, 2010

La multitud sólo se crea en las calles


Lo de estos últimos días en la Argentina es el resurgimiento del poder de una multitud que se encuentra y materializa en los espacios públicos, y que rompe con el hechizo adormecedor de los relatos producidos por grandes conglomerados económicos que consumimos a través de televisores, radios y computadoras: pequeños espacios domésticos que nos conectan pero a menudo también nos fragmentan y hacen del espacio público sólo un canal de tránsito para ir al laburo o a la facultad.

Miles y miles de personas en todo el país cuentan una y otra vez la misma experiencia: el estar en la calle junto con tantos otros cuerpos dolidos para rendir homenaje a Kirchner y apoyar a Cristina produjo un descubrimiento, una especie de iluminación: no éramos tan pocos como nos decían; somos muchos más de lo que nosotros mismos pensábamos; y estamos acá porque nos damos cuenta de que en realidad por primera vez en la vida tenemos un gobierno con el que, a pesar de mil errores y torpezas, nos identificamos; por más que sea una identificación creada por el espanto de lo que sería la alternativa.

Este blog es sobre espacio y política, y lo de estos días confirma que el espacio es el terreno más fundamental del la política, porque la política y el poder son en última instancia las fuerzas que determinan la ubicación y el movimiento de cuerpos en el espacio. Desde cómo se paran o sientan los laburantes en una fábrica hasta el derecho de gente indígena de ocupar la tierra de sus antepasados, todo pasa por cómo se regula políticamente el derecho o la obligación de que ciertos cuerpos puedan estar, o no, en ciertos lugares. Y lo que crea la multitud en las calles es justamente es capacidad de afectarnos mutuamente, como diría Spinoza, a través de nuestros cuerpos que se ven, se oyen, se tocan y se afectan e influyen en un torbellino creador (ya que estamos, este es un tema sobre el que estoy laburando en el libro, por ahora en estado germinal, Space and Politics).

La multitud, que Hardt y Negri suelen tratar como un fenómeno etéreo, sólo existe y sólo se crea en el espacio público, en la calle y en la plaza, y en muchos casos requiere una voluntad de lanzar nuestros cuerpos a esos espacios rompiendo el hechizo mediático de que tal multitud no puede existir, y que "la calle" como espacio de la política es parte del pasado, una nostalgia setentista pasada de moda dejada de lado por facebook, youtube y clarin.com.

Es fascinante ver la respuesta de los medios de la derecha a la conmoción creada por la desaparición física de su enemigo mortal, siempre pintado como "el monje negro" del poder desde una postura machista difícil de disimular (en una pareja, se asume que es el hombre el que lleva las riendas). Por un lado, están los que especulan que sin el líder macho Cristina debe asumirse como mujer sumisa y "cambiar el rumbo". Fue lo primero que escribieron los columnistas de La Nación y Clarín el miércoles a la tarde, y creo que a esta altura ya se están dando cuenta que nada de eso pasará, y que lo suyo fue una expresión de deseos.

Pero para mí lo más interesante en cuanto al espacio y la política es que, en su gran mayoría, los columnistas de Clarín y La Nación y políticos como Macri y De Narváez especulan sobre el futuro viendo cómo actuará tal o cual gobernador, qué hará Scioli, qué harán los intendentes, qué hará Solá... Lo hacen porque para ellos la política es una trama superestructural, donde las masas en la calle y en los espacios públicos no son más que ruido molesto, al que temen pero no terminan de comprender y que por ende no pueden sino ver con estereotipos gastados.

Juan José Sebrelli, hace rato usado como pensador-trofeo por La Nación (cómo ex-izquierdista que se ha hecho "serio"), escribe hoy que en realidad la pasión que se vio por las calles es sólo la fascinación primitiva por la muerte del caudillo, un reflejo de gente-ganado que en el fondo no es libre (al contrario, por supuesto, de los lectores serios de La Nación). Sólo Jorge Fernández Díaz también en La Nación propone una lectura más acorde con la pasión de la multitud en las calles, y descubre, sorprendido, que hay que admitir que el kirchnerismo es... (wow!) "un fenómeno de masas".

"Un fenómeno de masas". Creo que pocos hubieran hecho tal caracterización antes del 27. Como escribí en el blog de ayer, sí creo (como muchos) que el 27 de octubre marca el surgimiento del kirchnerismo como un fenómeno de masas y por ende como algo cualitativamente distinto, si bien sus rizomas vienen expandiéndose y creciendo horizontalmente desde hace unos años. Pero lo que quiero resaltar acá es que este poder que muchos recién ahora están descubriendo es un poder que sólo se puede crear y manifestar en el espacio público, y sobre todo en la conjunción de cuerpos antes dispersos en un mismo espacio, y afectados por una misma sintonía y en este caso un mismo dolor. Que no es tanto, o no sólo, el dolor por el que murió sino también el reconocimiento de que los intereses que desde siempre conspiran contra "el gobierno K" conspiran también contra derechos colectivos ganados en estos años, e impensables años atrás. Y esta fue una expansión de derechos contra la que que los medios y la derecha opusieron una feroz resistencia.

La web, los blogs, la TV, siguen siendo conductos centrales en cómo nos entrelazamos en nuestros cuerpos dispersos. Pero a veces la fascinación con la virtualidad de la internet nos hace olvidar que el poder más poderoso de todos, ese que cambia la historia (desde la revolución francesa hasta el 20 de diciembre de 2001), sólo se forja con cuerpos lanzados colectivamente en el espacio público: en la calle como terreno fundamental de la política. Los que creen que por estar en el siglo XXI el rol del espacio en la política está en camino de desaparecer, se equivocan. Y veces nos olvidamos que la calle está siempre allí, y que a veces lo más difícil de lograr es entrelazar voluntades para salir a reclamarla.